Asterix Y Obelix En Los Juegos Olimpicos Guide
Asterix en los Juegos Olímpicos no es una historia sobre ganar. Es una historia sobre reírse de quienes se toman el ganar demasiado en serio. Mientras haya estadios, habrá tramposos, burócratas y héroes absurdos. Y mientras haya jabalíes, estará Obelix, dispuesto a correr los 200 metros lisos... hacia la parrilla.
La película de 2008, dirigida por Frédéric Forestier y Thomas Langmann, añade una capa de comedia física y cameos estelares (incluyendo un Alain Delon envejecido como Julio César y un Michael Schumacher haciendo de auriga). Aunque criticada por algunos puristas por alejarse del trazo de Uderzo, captura la esencia del caos: los atletas galos entrenan comiendo jabalíes enteros mientras los romanos usan máquinas de tortura como pesas. En una época donde el dopaje ensombrece cada olimpiada real, la postura de Asterix resulta proféticamente moderna. El héroe decide que, sin poción, ganará con inteligencia, astucia y trabajo en equipo. Es la pequeña victoria del pícaro sobre el bruto . Mientras Obelix rompe todo sin querer, Asterix usa su velocidad natural y su capacidad para leer las debilidades del rival. asterix y obelix en los juegos olimpicos
Y es que, como sentencia Obelix al ver a los griegos llorar por una carrera: Asterix en los Juegos Olímpicos no es una
En el imaginario popular, los Juegos Olímpicos de la Antigua Grecia evocan imágenes de mármol blanco, atletas esculpidos en aceite de oliva y un espíritu de noble competición. Pero cuando el pequeño guerrero galo de bigotes rojos y su inseparable gigante goloso deciden invadir el estadio de Olimpia, el mármol se resquebraja, el aceite se derrama sobre una loncha de jabalí y el espíritu deportivo se enfrenta a su enemigo más temible: el suero mágico. Y mientras haya jabalíes, estará Obelix, dispuesto a
En una de las secuencias más memorables (tanto en cómic como en cine), Asterix gana la carrera de velocidad no por ser más rápido, sino porque un jabalí se cruza en la pista y Obelix, al verlo, sale disparado detrás de él, arrastrando a su amigo. Victoria accidental, sí, pero victoria al fin. Asterix en los Juegos Olímpicos funciona porque entiende que el deporte, en el fondo, es un teatro de pasiones irracionales. Los galos no quieren la gloria de Olimpia; quieren que su amigo se case. Los romanos no quieren competir; quieren sobornar. Los griegos no quieren fair play; quieren que el espectáculo no les dé problemas.
La aventura, originalmente publicada en el cómic Asterix en los Juegos Olímpicos (1968, texto de René Goscinny y dibujos de Albert Uderzo) y llevada al cine de acción real en 2008, es mucho más que un simple deportivo. Es una disección hilarante y punzante del nacionalismo, el dopaje, el amateurismo de pacotilla y, por supuesto, la inagotable tontería humana. La premisa es engañosamente sencilla: el joven y apuesto bardo (y bígamo por error) Lovesurix se enamora de la princesa griega Irina. El problemático pretendiente es Brutus (hijo de Julio César, interpretado en el cine por un histriónico Benoît Poelvoorde), que no está dispuesto a ceder. La única solución para evitar una guerra es, como manda la tradición, ganar los Juegos Olímpicos.