Sabrina Spellman suspiró mientras cerraba el viejo libro de hechizos que había encontrado en el desván. «Cosas de brujas», murmuró con una sonrisa. Afuera, en Greendale, la luna llena iluminaba los árboles como si fueran de plata.

—Deseo concedido. Pero los espejos nunca mienten del todo… ni regalan nada gratis.

Sabrina arqueó una ceja. «Un espejo que habla. Cosas de brujas, vaya». Bajó las escaleras de caracol con cuidado, encendiendo una vela con un chasquido de dedos. En el rincón más oscuro, cubierto por una sábana bordada con runas, encontró el espejo. Era antiguo, con un marco de ébano y pequeñas calaveras de plata.

Sabrina sintió que el suelo se abría. Pero en lugar de lanzar un hechizo de olvido, como le enseñaron, hizo algo que ninguna bruja Spellman había hecho en siglos: eligió ser honesta.