Memorias De Una — Pulga Tomo 2

—Inés —susurró él—, ¿has pensado en lo que hablamos en confesión?

—El pecado no está en la obra, sino en la intención. Si tú me limpias la frente con tus dedos... ¿eso es acaso lujuria? memorias de una pulga tomo 2

No crean que abandoné aquella alcoba por falta de moral. La dejé por exceso de pulgas. Un hermano mío, más audaz, me contó que en el jardín de la condesa de Bérgamo se celebraban tertulias de otra naturaleza. Allí las esposas de los banqueros y los ministros se reunían para bordar... o eso decían. La verdad, amigo mío, era que bajo los rosales se escondían no solo pétalos, sino también calzoncillos de seda y cartas de amor escritas con sangre de labial. —Inés —susurró él—, ¿has pensado en lo que

Allí reposaba su doncella, una joven llamada Sor Inés, cuyo hábito apenas lograba ocultar la geografía de un cuerpo que pedía a gritos un mapa menos piadoso. La pulga que les escribe se paseó aquella madrugada por el valle de su nuca, y sentí el calor del Obispo acercarse. No era calor de rezo. Era el fuego de un hombre que lleva treinta años negándose a sí mismo. ¿eso es acaso lujuria

—Lo mismo que hacemos ahora, pero llorando —respondió él, y luego la besó de un modo que me hizo olvidar mi instinto de saltar.

Y sin embargo, querido lector, al llegar al final de este segundo tomo, debo confesar algo que jamás pensé escribir: la pulga también siente. No amor —eso es cosa de humanos—, sino una extraña ternura al verlos fracasar. Porque ustedes, los grandes, los dueños del mundo, los que aplastarían a mi familia con un dedo, son en la intimidad más ridículos y más bellos que cualquier bicho.

—¿Qué haríamos si nos descubrieran? —preguntó ella una noche, mientras se desprendía de sus enaguas.